.

Francisco Augusto Renato Morales de Rivera



Francisco Renato Augusto,  Morales  de Rivera, fue un escritor y poeta arequipeño  hijo de Hipólito Renato Morales Salas y de doña, María Dolores de Rivera, nació el 1 de marzo de 1890, siendo bautizado el 9 de marzo de 1890 en el Sagrario.



El siglo XX impone el ritmo y el desenfado característico de los jóvenes. En ese ámbito aparece el Grupo El Aquelarre, con aspiraciones netamente modernistas. Sus representantes conforman una generación variopinta, pero con una misma inquietud de cambio. Morales  de Rivera estuvo entre sus filas junto con , Percy Gibson, César Atahualpa Rodríguez, Federico Agüero Bueno . Este grupo arequipeño, especie de «colónidos» (del grupo Colónida de Lima, que fundó Abraham Valdelomar en la década del 10), al que se suman los destacados poetas Alberto Guillen y Alberto Hidalgo este último un vanguardista que no ha recibido aún el reconocimiento que merece, asume un lenguaje más libre, alejado ya de la retórica imperante romántica. Su filiación estaría más cerca de algunas nociones vanguardistas.

Entre sus obras figuran: 
  • Cirrus. 1940.
  • Sus Versos 1940.
  • El Alcázar de la dicha (Drama).

Morales  de Rivera, fallece un 26 de septiembre de 1931. Existe una calle con su nombre en Umacollo- Arequipa.




Renato Morales de Rivera :  Es el típico poeta intimista, sen­cillo y hasta casi ingenuo en sus poemas juveniles de «Cirrus» y más aún en «Deprecación», loa a Melgar en la que se descubre al modernista, porque allí aso­man los tonos románticos, que luego se llenarán de helenismos, más que parnasianos, donde junta sus elogios desiguales a la naturaleza y a los conceptos de valor, belleza y heroicidad, al cantar tanto al Deán Valdivia como a la reina de les Juegos Florales a quien compara con Minerva. Su afán de soñador y la debilidad de su carácter ahondaron su bohemia y así se fue sumiendo en un infierno existencia! donde los «otros» le arrojaron; allí, sin poder remediar su caída abismal, pudo madurar versos disímiles que posiblemente se hayan perdido para siempre. Nunca se olvidó del cielo serrano con su «profundidad azul» ni del Ande ni menos de la fuerza telúrica que sostiene a nuestra tierra y nuestro arte; pero la subjetividad que ancla sus versos no le impide el lirismo que acentúa su emotividad exaltada por vivencias estéticas y experiencias amargas que le arrojaron a la miseria donde no pudo dejar de rumiar, en tono menor, sus tristezas y decepciones amicales. «Quiero arraigar, vivir y palpitar / en un terrón de la materia viva / para absorber su aliento secular", sentencia en tono reflexivo: «Y he de seguir por el sendero estoicamente / sin un apoyo fraternal / viviendo sólo del pasado»; continúa con «serenidad», advirtiendo, casi premonitoriamente «un pretérito son /en el ritmo de la muerte / que tiene la canción». Poetas de Arequipa. Antología - Los clásicos. Tito Cáceres Cuadros.